La guerra cotidiana en la frontera

La guerra llega a muchas ciudades de boca en boca. Todo empieza con lo que alguien le ha dicho a alguien que le han contado que habían escuchado en la radio. Es así como llegó la noticia de la Guerra Civil a muchos lugares de España, entre ellos a Irún, pequeña ciudad en el norte de Gipuzkoa que colinda con Hendaya, Francia.

Como ciudad que une dos países con un puente, era un objetivo clave en la campaña Norte del General Mola. La batalla no fue difícil de ganar con el bloqueo internacional que sufría el bando republicano, que defendía la ciudad. Cerrar esta pequeña pero importante frontera hacia el resto de países fue todo un avance para el bando sublevado y un duro golpe para los republicanos, sobre todo en la zona norte, que quedaron aislados del resto y del escaso apoyo francés.

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Cuando ya en noviembre del 36 Irún fue territorio nacional, gran parte de España seguía en guerra. Su conexión con los aliados republicanos y con la frontera francesa se habían cerrado y nadie podía salir. Sin embargo, aquellos que se habían marchado para evitar la guerra sí que podían entrar. Es el caso de muchos iruneses que huyeron de la guerra hacia familiares, conocidos, o simplemente a buscar ayuda en Hendaya, en los refugios improvisados.

Cuando volvieron no había ley ni orden: cada uno se metía en el edificio que podía para malvivir y comía lo escaso que había. La ciudad había sido arrasada, se decía, por el bando republicano y los anarquistas, cuando su derrota se había vuelto inevitable, llevando a cabo la estrategia de tierra quemada: quisieron destruir todo lo que pudiera servir de ayuda en la guerra al bando sublevado, dejando al mismo tiempo a su pueblo en la miseria.

Pero los niños, como siempre, se adaptaron a todo: en la escuela, cada vez que el bando sublevado ganaba en una ciudad, salían a desfilar para celebrar la victoria. Su bando debía ganar, y que lo hiciera era una fiesta que les permitía saltarse clase, lo que todo niño desea. Jugaban entre los escombros, pasaban hambre, pero para salir de la pobreza solo hay dos caminos, y los que consiguieron salir adelante, reconstruyeron sus vidas poco a poco.

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Años después de la guerra, todavía se llamaba «el parte» a las noticias, de forma anecdótica, y la conocida represión de Franco era palpable, se sabía y se veía (en carteles como «Prohibida la blasfemia»), pero en la vida diaria no era para tanto. Aquella ciudad solo era peligrosa para aquellos que decidían meterse en política o que se veían metidos en ella. La gente siguió con su vida y, como sabemos, nadie habló del tema. No se hablaba en casa ni con los amigos, se pensaba en comer y vivir.

Cuando llegó la II Guerra Mundial a oídos de los iruneses, para aquellos sin ninguna implicación política y una vida alejada del conflicto fue un entretenimiento social más. En las cuadrillas de amigos había bandos de alemanes y rusos, y, por supuesto, las noticias que llegaban eran siempre del bando alemán. Había mucha falta de información; los que defendían por diversión a Alemania no eran conscientes de lo que ocurría en los campos de concentración. Aquello no tenía realmente nada que ver con su día a día, que empezaba y terminaba en su casa, tal y como ocurre a día de hoy con las guerras en otros países. Pero a diferencia de hoy, la población de Irún y la española en general no tenía un marco global en el que informarse, ni fuerzas para sufrir por otra guerra.

Por eso, cuando murió Franco, a los iruneses de a pie les cambió más bien poco el mundo, nada distinto al resto del país: se abrió la frontera con Francia, los medios florecieron y España volvía a ser un lugar habitable para todos los que se habían marchado. Los para entonces padres o abuelos, aquellos que habían sufrido la guerra de niños y sus vidas no habían sido especialmente marcadas, ya tenían una familia, trabajo y muchos años de sacrificio y esfuerzo detrás. Muchas de esas vidas, que podrían haber sido marcadas por la guerra, solo lo fueron en la infancia, y algo que han vivido, literalmente, durante toda su vida, no ha significado nada más para ellos que «lo que les tocó vivir».

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