La literatura en guerra: una perspectiva desde ambos bandos

A lo largo de las últimas semanas hemos ido conociendo de qué manera el arte se fue comprometiendo durante la Guerra Civil: Miguel Hernández, Alberti, extranjeros como Orwell o Hemingway, el cineAcero de Madrid, incluido el Premio Nacional que recibió, es un caso claro de novela comprometida y de urgencia, como hemos ido insistiendo. Tal vez, desde nuestro 2017 y nuestro habitual olvido hacia nuestra historia, algún lector se pregunte ¿y el bando sublevado y vencedor, tuvo también sus obras? La respuesta es clara y rotunda: sí, y fueron y han sido las que han constituido la lectura dominante de la historia. Por eso se hace necesario regresar a Acero de Madrid. Pero ahora vamos a ver esa otra versión a través de uno de sus mejores exponentes: Agustín de Foxá.

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Agustín de Foxá, de pie, junto a Leopoldo Panero (dcha.).

Aristócrata y diplomático, antes de escritor desempeñó cargos importantes en la Falange y participó en varias de sus revistas, además de formar parte en la autodenominada «escuadra de poetas» (junto con Primo de Rivera, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo o Rafael Sánchez Mazas, entre algún otro) que compuso el himno que, durante muchos años, retumbaría, entre brazos levantados, en un país devastado para muchos pero que se veía, o se quería, por unos pocos, uno, grande y libre.

La obra más conocida de este escritor es Madrid, de corte a checa, en gran medida la contrapartida de Acero de Madrid, pues cuenta la Guerra Civil desde la simpatía hacia el bando sublevado. También fue escrita durante los mismos acontecimientos relatados en nuestro libro, pero en su mayoría desde el café Novelty de Salamanca, y cuenta la historia de José Félix, con numerosos parecidos con el autor, desde el fin de la monarquía y la proclamación de la Segunda República hasta los primeros años de la Guerra Civil, con más interés por el testimonio que por la ficción. El mismo título es claro, pues se basa en una comparación que fue promovida por el bando franquista: la utilización del término «checa» para acercar el gobierno del Frente Popular a todo lo que sonara a comunismo.

Nos bastará con algunos ejemplos para ver la diferencia de tono entre las dos novelas. El final del libro es la huida del protagonista del Madrid en guerra, y en esta se da un sentido totalmente erróneo y envidioso a la victoria popular:

«Un miliciano comentaba, sonriendo, con el telegrafista de la estación: —Mírale, coronel y todo, y con alpargatas.
 Ese era el sentido de la revolución. Les halagaba ver con alpargatas a las viejas jerarquías del Estado 
(…).

Llevaban las maletas en la mano. Vieron una oficina de cambio de moneda y oían hablar en francés.

Messieurs les voyageurs—.
 ¡Estaban salvados! José Félix miraba a Pilar y a Celia.
—Estamos libres. Vamos a dormir a Narbona.

Montaron en el tren francés. Desde la ventanilla José Félix veía la mancha oscura donde ondeaba la bandera de la F. A. I. Iban hacia la civilización y la libertad, dejando atrás un mundo horrendo, gris, de sangre y de zozobra. Sin embargo, contemplaban fijamente aquel trozo de tierra. Porque, a pesar de todo, aquello era España».

El libro termina con el protagonista en la España franquista, en la Salamanca ocupada que prácticamente era capital; pero el autor se concede el imaginarse regresando a Madrid, describiendo la ciudad destrozada por la guerra para, a pesar de estar lejos, imponer un cierto tono triunfalista, confiado en Franco. Qué diferente de la arenga del Petere comprometido con el pueblo que estaba luchando junto al pueblo por que los sublevados no pasaran, qué diferente esta visión desde la lejanía, lejanía de seguridad física y lejanía del pueblo:

«En un piso, cerca del parapeto, entre unos cojines sacados de una casa, el alférez y los cabos escuchaban Unión-Radio de Madrid con un simple aparato de galena. José Félix cogió el fusil y quitó el guijarro de la tronera para asomar el cañón. Veía a la ciudad, bañada en una luz de peligro. Aún se tardaría mucho en entrar en ella. Faltaba por limpiar todo el Norte. Pensaba en sus amigos. Por allí andarían a esas horas, anhelantes, escondiéndose, de casa en casa, como bestias, perseguidos. ¡Qué sería de Pedro Otaño, de Joaquín Mora, de sus amigos de la Facultad! ¡En qué “checa” juzgaría Sonnia Chercof! Acaso en aquella casa, blanca, cercana, cuyos geranios distinguía con los gemelos, miraba hacia sus líneas Julia Lozano.

Pensaba que hasta que Franco quisiera, aquella ciudad era inaccesible. Que era más fácil llegar a Pekín o a Chile que a aquellos edificios que veía con todo detalle.

Estaba a diez minutos de tranvía de la Puerta del Sol; allí al alcance de la mano, contemplaba a la ciudad más lejana del mundo».

Terminemos con una reflexión. Si uno busca en el catálogo de la BNE localiza rápidamente las siguientes ediciones de la obra de Foxá:

1938, Jerarquía.

1938, Librería internacional, 2ª ed. corregida y aumentada 1962, Prensa española.

1973, Prensa Española, 6ª ed.

1976, Editor Prensa Española, 7ª reimpr.

1993, Planeta.

2001, Bibliotex (Biblioteca El Mundo las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX).

2006, Ciudadela Libros.

2009, Editor Criteria Club de Lectores.

2009, Editor El Buey Mudo.

Es más, Francisco Javier Ramos Gascón en su libro Agustín de Foxá y Madrid de Corte a Checa (ed. Renacimiento) habla de hasta 17 ediciones, con 5 en lo que van de siglo XXI. La pregunta es: ¿por qué en todo este tiempo la otra versión, la que se cuenta en Acero de Madrid apenas ha tenido 3 ediciones hasta la nuestra? ¿Realmente vivimos en una sociedad tan cerrada al diálogo y a aceptar la historia? ¿Y no haremos nada para cambiarlo?

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