La ley del silencio

A través de testimonios de personas cercanas sabemos que, tras la Guerra Civil, no se hablaba de la Guerra Civil: demasiado peligroso. Nunca sabías si tus compañeros de copas no pensarían igual que tú o si en la mesa de al lado alguien te escucharía decir algo inapropiado. En el territorio del País Vasco esta práctica se extendió incluso al conflicto de ETA por las mismas razones. Y, tras estos años de miedo y represión, mantenemos esta costumbre: sigue siendo mejor no hablar de ciertos temas porque hay consecuencias.

Es como en el conocido caso de Cassandra Vera, la estudiante que irá a la cárcel por hacer humor negro con el asesinato del presidente del gobierno franquista Carrero Blanco. Su condena, se dice, es por la humillación a las víctimas de terrorismo y por enaltecimiento de ETA. Sin embargo, la opinión pública, dividida, defiende que es inadmisible esta condena, que viola la libertad de expresión. Incluso a la propia nieta del «humillado», Lucía Carrero Blanco, le parece excesiva.

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¿Dónde están las condenas por todas las humillaciones y delitos de odio que reciben otras víctimas y familiares de terrorismo, las mujeres por machismo o pura misoginia, las personas LGTB porque sí? Esto podría considerarse una falacia si, de hecho, no fuera la realidad. Pero es así. Existe una clara lucha de ideologías detrás de estas condenas, donde el orden público y la defensa del honor son secundarios. Hay un claro posicionamiento político y una persecución a la gente que hace uso de internet para hacer humor negro sobre ciertos temas. Pero a Interior no le molesta este humor, sino la crítica que hay detrás. La ideología que destila, que no es la de ellos.Flavita banana

Lo terrorífico hoy en día es que la ley del silencio está reglada. Unos la llaman la Ley Mordaza, otros Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana. Esta Ley Mordaza es una ley orgánica, lo que significa que es una ley que se aprueba con mayoría absoluta de votos en el Congreso de los Diputados.

Esta ley se aprobó con la mayoría que el PP tenía en ese momento, y niega derechos fundamentales como la libertad de expresión y el derecho a manifestarse. Lo hace, obviamente, de manera anticonstitucional. Por ejemplo, la narración de los hechos de un acto condenado por esta ley es unilateral: la policía puede grabar y su testimonio es el que vale, mientras que el afectado por manifestarse apenas tiene voz, no puede grabar, no termina de enterarse de lo que se le acusa porque los términos empleados para estas acusaciones son convenientemente ambiguos, y queda registrado en una lista negra.

Para rematar, esto no ocurre ni dentro ni fuera de la ley: si los acusados por esta ley estuvieran cometiendo un delito, se abriría un proceso judicial, pero no se hace: es la policía la que actúa. ¿Entonces, qué delito se comete al desobedecer la Ley Mordaza? Como dice la abogada Elbal especializada en Derecho penal: «O algo es delito o no es nada».

Esta realidad donde los límites del humor, la libertad de expresión y el respeto se difuminan a conveniencia y sin un marco común es una realidad indignante que recuerda vagamente a… ¿qué régimen? ¿A qué tiempos? ¿Qué tiempos tan lejanos, en blanco y negro, con la cara al sol y en silencio?

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