La guerra y la poesía (I): Miguel Hernández

Hasta qué punto la literatura puede influir en el avance de los cauces históricos, o si es más bien únicamente la historia la que halla eco en la obra de los poetas, es algo difícil de decidir. Pero lo cierto es que el impacto que supusieron las numerosas guerras del siglo pasado en la literatura es innegable: la Guerra Civil Española, como claro antecedente de la Segunda Guerra Mundial, implicó a nivel internacional el viraje de una poesía vanguardista a una comprometida. El paso de lo que Ortega y Gasset llamó la «deshumanización del arte» a lo que Pablo Neruda bautizó como una «poesía impura».

Precisamente, trayectorias como la de Miguel Hernández o José Herrera Petere, con grandes paralelismos a pesar del menor reconocimiento público del segundo, ejemplifican claro este movimiento.

Es también Pablo Neruda quien nos ha legado algunas de las imágenes que más asociadas tenemos a Miguel Hernández, la del poeta pastor. Cuando este joven, nacido en una Orihuela rural que no podía ofrecerle más que la incomprensión de su padre ante sus necesidades poéticas, decidiera por fin trasladarse a la capital, la situación no sería sencilla, pero el poeta chileno, entre otros grandes de la intelectualidad de entonces, acudiría en su ayuda.

«Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido pastor de cabras. Yo publiqué sus versos en mi revista Caballo Verde y me entusiasmaba el destello y el brío de su abundante poesía.
Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa. Mi poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando.
Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba hasta las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras».

Pablo Neruda, Confieso que he vivido.

Así, Hernández pudo desarrollar su obra, cuyos inicios, como en el caso de Petere, tienen mucho de juego y de vanguardia. Pero, poco después, la situación política iba a exigir compromiso: la tensión crecía en el país, pues, como cantaba Machado, España estaba dividida en dos, y una de las dos había de helarte el corazón. Todas las armas, tanto las de fuego como las de la mente, iban a tener que ser esgrimidas para defender la República. Fue en estos momentos cuando Miguel Hernández y Petere hubieron de confluir en el Quinto Regimiento.

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Hernández canta mientras Petere toca el acordeón.

Acero de Madrid y Vientos del Pueblo comparten un espíritu común: el de la esperanza en la victoria republicana, sostenida por los brazos populares. En esta, Hernández arenga al pueblo a combatir por la causa:

Aunque te falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.

«Sentado sobre los muertos», Viento del pueblo.

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Miguel Hernández arengando a las tropas en el frente.

Pero la trayectoria de Miguel Hernández muestra unas sombras que no llegan a aparecer en Acero de Madrid. El hombre acecha, publicada a finales de la guerra, ya muestra un fuerte desencanto. El poeta sería apresado intentando pasar a Portugal e iniciaba un peregrinaje por cárceles franquistas. El 28 de marzo de 1942, tal día como hoy, terminaba su vida: decir que fallecía es demasiado injusto para ambos bandos, pues, si bien no fue fusilado como otros muchos (García Lorca entre ellos), fue asesinado por las pésimas condiciones en las que pasaron a morir o malvivir los represaliados por la Dictadura vencedora. Durante esa última etapa de su vida todavía nos legó un tesoro poético imborrable, el Cancionero y romancero de ausencias. En uno de sus poemas resume lo que aprendió con tanta guerra y tanto sufrimiento:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

«Tristes guerras», Cancionero y romancero de ausencias.

Bibliografía

FERNÁNDEZ PALMERAL, Ramón. (2005). «Miguel Hernández, miliciano en la Guerra Civil española». Doce artículos hernandianos y uno más. Palmeral, Alicante.

GIBSON, Ian. «Miguel Hernández en guerra». Recuperado de: cvc.cervantes.es.

HERNÁNDEZ, Miguel. (1982). Obra poética completa. Alianza, Madrid.

NERUDA, Pablo. (1974). Confieso que he vivido. Seix Barral, Barcelona.

ROVIRA, José Carlos. (1983). Léxico y creación poética en Miguel Hernández: estudio del uso de un vocabulario. Universidad de Alicante, Alicante.

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6 comentarios en “La guerra y la poesía (I): Miguel Hernández

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